lunes, 12 de enero de 2015

Espionaje y una tarjeta para “don Julio Scherer”

Luis Miguel Carriedo
Acababa de ver como los ojos de María Scherer se iluminaban mientras decía “a mi viejo le va a encantar”. Entonces subí corriendo las escaleras de Petén 94 en la colonia Narvarte -donde se encuentra todavía la redacción de la revista Etcétera- para tomar una tarjeta de presentación con mi nombre y escribir al reverso: “Para don Julio Scherer”. Era noviembre de 2006.
Usé esa a falta de las ad hoc habituales entre políticos, con sus apellidos en letras garigoleadas, la leyenda “con los atentos saludos” y hasta sobrecito para guardarlas. La que yo tenía me identificaba como “reportero” en un lado y el otro, en blanco,  fue el que abrió espacio para escribir una dedicatoria al más destacado periodista mexicano de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI.

Engrapé la tarjeta en un folder que enviaba al fundador del semanario Proceso con una impresión del reportaje que había trabajado durante algunos meses, y que también le había mostrado a su hija María, incluyendo los insumos fundamentales: Un amplio legajo de documentos oficiales que demostraban el obsesivo espionaje gubernamental del que había sido víctima Scherer durante el gobierno de Luis Echeverría y que había obtenido gracias un estira y afloja prolongado apoyado en la ley federal de transparencia y acceso a la información pública.
Era un expediente que acusaba vigilancia, literalmente, de cada paso que daba el periodista, donde se
Vigilancia sin tregua.
consignaban transcripciones de sus llamadas telefónicas, con quién comía, con quién tomaba alcohol, dónde hacía ejercicio, cuál era el auto de su esposa y el suyo, a quién visitaba, qué opinaba o decía y cuál era el desarrollo previo y posterior a su destitución como director de Excélsior en 1976. Echeverría estaba metido completamente en aquél episodio, el golpe a Excélsior que expulsó a Scherer como director, aunque el expresidente de la república siempre ha sostenido que fue una decisión de cooperativistas que él desconocía.
Eran cientos de reportes elaborados por la Dirección Federal de Seguridad en los que sus agentes se referían al periodista como “el investigado”. Ahí anexaban sus fotografías hasta en el tráfico capitalino de los años 70 y 80, conduciendo su Dogde Dart con la ventana abierta, o dirigiéndose a su puerta y sacando las llaves para abrirlo, con pies de foto que describían, en hojas separadas (una para cada imagen): “Sr. Julio Scherer García dirigiéndose a su vehículo”, “Sr. Julio Scherer García preparando las llaves para abordar su automóvil” y “Sr. Julio Scherer García en el momento de abrir la portezuela de su vehículo”. 
Scherer paso a paso.
Mi reportaje –pensaba–, documentaba con aquellos viejos oficios, fotografías y tarjetas de agentes gubernamentales que obtuve luego de varios meses de insistir, no sólo el abuso de poder y una obsesión patológica de Echeverría por hurgar en la vida profesional, privada e incluso íntima del “Sr. Julio Scherer” (“el investigado”), también la participación directa y el pleno conocimiento del régimen respecto al acoso y entorno que propició, el 8 de julio de 1976, la salida del director de Excélsior, entonces periódico referente en América Latina. 

Al tratar de hilvanar en soledad cada hallazgo que encontraba en los documentos con el contexto y declaraciones de la época, me había indignado y conmovido al mirar, a través de los lentes fotográficos de los espías del gobierno, la imagen de un periodista desolado en paseo de la Reforma que no estaba al tanto de la rapiña encubierta que esperaba un ángulo de su tristeza para fotografiar y llevar de inmediato a los superiores. Cuando se consumó la destitución en Excélsior, el aparato de inteligencia escribió para sus jefes que Julio Scherer se despidió “abordando un automóvil con placas LGL-502 del estado de México, notándose apesumbrado y lloroso”. Consideraron relevante dar parte de su tristeza.

En la revista Etcétera no queríamos perder la exclusiva de espionaje que estaba en  nuestras manos, pero antes de publicarla discutimos y coincidimos en que lo correcto era entregar primero al propio Scherer el atropello gubernamental plasmado en aquellos legajos de la DFS -recién desclasificados entonces- y si eso implicaba perderla, pues que se perdiera.

El abuso había sido en su contra y él merecía conocer no sólo lo que se incluía en el reportaje. Todo. Y si así lo decidía, difundirlo antes o al mismo tiempo que nosotros, con otros ángulos o con los mismos.

Marco Levario –director de Etcétera-  se reunió entonces con María en la sala de juntas de la revista. Le explicó lo que teníamos y le dejó leer el reportaje. Cuando me uní a la charla quise soltar todo, empecé a contar lo que ya había leído la hija de quien era protagonista en mi historia de reportero, quise decirle que me gustaría hablarlo con su padre, para que estuviera al tanto de sus fotos en llanto tomadas por el lente obsesivo e indignante del poder que lo perseguía a donde fuera, que quería contarle detalles que identifiqué en los expedientes tapizados con mis post its y notas, hasta de los disfraces que habían usado sus vigilantes (por ejemplo de meseros en el hotel Sheraton durante una reunión de él con otros periodistas). Pero había, como siempre en cierres de edición,  poco tiempo, y así fue como subí corriendo para darle mi reportaje impreso, con todos los legajos agrupados y con la  tarjeta engrapada que decía “para don Julio Scherer”.
Dedicatoria.

Un par de horas más tarde una llamada de Proceso solicitaba autorización para publicar el reportaje que salió en Etcétera con el título “Scherer, obsesión de Echeverría” y en el semanario con el de “Espionaje perverso”, ambos la primera semana decembrina de 2006.
Llegó casi al mismo tiempo que la llamada un mensajero. Me traía un sobre grande con una tarjeta blanca engrapada, donde se leía el nombre de Scherer (sin letra muy garigoleada, ni sobrecito, ni eso de “los atentos saludos”). Era otro reportaje, un regalo para mí: “El Indio que mató al padre Pro”, libro del mejor periodista de México, en donde se rescata uno de sus grandes textos (en varias entregas) de los años 60, con una generosa dedicatoria de puño y letra  –del mejor periodista para un joven reportero lejano a su grandeza profesional-. Decía: “Para don Luis Miguel Carriedo, un gran abrazo. Julio Scherer García”.
Pienso que los aciertos de Scherer en el periodismo siguen siendo mucho más fuertes y trascendentes que sus errores. Murió la madrugada del 7 de enero y yo como a muchos, hubiera querido obtener una entrevista exclusiva para desahogar no solo los post its de mi investigación, también los de muchas otras que sólo él hubiera podido resolver o aportar datos relevantes para ello.

El tiempo y la muerte son implacables. La noticia logró conmoverme como las fotos que lo muestran desolado en Reforma luego de ser expulsado injustamente, con la participación directa del gobierno,  del diario que dirigía. Nunca pude decirle eso en persona, ni tampoco “gracias por el libro”, “don Julio Scherer”, en otra tarjeta sin letras garigoleadas.
@lmcarriedo

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